#NotadeOpinión: Cuando callan los cañones

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Ni la victoria del oficialismo ni la de la oposición alcanzará para sanar a un país exhausto. La verdadera disputa no se libra en las urnas, sino en la reconstrucción de la confianza, el trabajo y la representación política.

—Mirta, ¿cómo es eso de la boleta única? ¿Cómo hago para votar el domingo?
—Es fácil, Andrea. Vas, como siempre, te dan una birome indeleble y marcás con una cruz la columna de diputados y otra cruz la de senadores.
—Bueno, ¿y quiénes están?
—Están los peronchos de siempre y está el loco. Tenés que poner la cruz en diputados de LLA y senadores de LLA.
—Claro, bueno, gracias.
—Eso si vas a votar a Milei.
—Y. si no me queda otra, Mirta.

Mirta y Andrea, amigas de toda la vida, detestan al peronismo tanto como a sus arrugas. Sin embargo, aquella ilusión que Milei supo despertar en 2023 poco a poco se fue deteriorando.

En los últimos meses, el gobierno de Javier Milei ha atravesado una serie de reveses que erosionaron su discurso de pureza y eficiencia: el escándalo que involucró a José Luis Espert por haber recibido dinero de un empresario preso por narcotráfico; la causa por presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad; la falta de mejora real en el poder adquisitivo pese a la desinflación y al superávit fiscal primario; la ausencia de inversiones extranjeras prometidas; el duro traspié electoral en la provincia de Buenos Aires; la pérdida de aliados parlamentarios y los conflictos con los gobernadores por la distribución de fondos. Finalmente, medios internacionales como el Financial Times advirtieron sobre el “agotamiento” del modelo económico.

La polarización, en este contexto, es sinónimo de crisis de representación. Es decir: la crisis de representación es consecuencia de la polarización. Las estrategias de polarización —usadas por el kirchnerismo en su momento y ahora por LLA— son siempre un plan B. Todo gobierno que alcance logros genuinos o resultados económicos palpables no necesita polarizar: sencillamente presume sus aciertos. De manera que “Kirchnerismo o Libertad” y “Frenemos a Milei” son dos caras de una misma moneda; una moneda que ni en su anverso ni en su reverso se muestra reluciente.

Cuando una sociedad es llevada al blanco o negro, solo se puede esperar crisis, como la que padece Andrea. Este proceso, sustentado en inducir a la gente a votar en contra del adversario más que a favor de un proyecto propio, puede resultar fructífero electoralmente, pero de ninguna manera genera gobernabilidad.

Las elecciones de este domingo renuevan 127 de las 257 bancas de Diputados y 24 de las 72 del Senado. La Libertad Avanza, en caso de éxito, ganaría más bancas en Diputados y —según las expectativas del propio oficialismo— hasta ocho en el Senado si capitaliza CABA y Entre Ríos y reparte en Patagonia y NOA. Aun así, seguiría sin mayorías propias: el salto relevante sería apenas acercarse al quórum de 129 en Diputados, algo que resulta, a priori, imposible.

Si el oficialismo pierde, se refuerza la idea de que su base se achicó tras Buenos Aires, y la oposición gana músculo para bloquear y revertir vetos (ya ocurrió). De modo que, para los libertarios, ni ganar es ganar ni perder significa perder.

El caso de la oposición es llamativamente análogo: un triunfo le permitirá reclamar el liderazgo de la resistencia al oficialismo, reforzar su base territorial y presentarse como alternativa viable, además de mejorar su peso negociador en el Congreso. Pero de ninguna manera triunfar el domingo garantiza gobernar: ganar legislativas no es lo mismo que ganar la presidencia o tener mayoría legislativa propia. Las limitaciones institucionales siguen.

Riesgo de devenir “fuera de foco”: sin triunfo, la oposición seguirá siendo reacción más que propuesta, lo que puede reducir su protagonismo en medios, en el Congreso y en los debates públicos. Esto no significa que el peronismo muera: puede seguir siendo una fuerza relevante, pero con menor proyección a futuro. De modo que, para la oposición, ni ganar es ganar ni perder significa perder.

Pues bien, en este sentido podemos deducir que la cuestión no pasa esencialmente por la cantidad de votos, sino por la estructura gubernamental. La economía no mejora y las destrezas políticas de Milei son ciertamente indecorosas. El oficialismo ha prometido, desde 2023 hasta hoy, el cielo en la tierra para los argentinos; con el diario del lunes podemos confirmar que no sólo no bajó el cielo, sino que, además, la tierra está llena de barro. Más allá del resultado del domingo, la verdadera guerra empieza cuando callan los cañones.

Autor

  • Por Emiliano Jatib — Analista político y comunicador

Sobre el autor

  • Nacido en Paraná, Entre Ríos (2000).
  • Analista político y comunicador con formación en Ciencia Política (UNER, en curso), Diplomatura en Marketing Político (UTN.BA, en curso) y trayectoria en medios digitales y consultoría.
  • Redactor en Esdepolitólogos y colaborador en medios locales; expositor en radio, TV y streaming.
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